Cuando siento sueño, la sensación es de cansancio en las piernas, como si hubiera corrido una maratón de ciento cincuenta kilómetros (¿existirá alguna tortura por el estilo?), y de los párpados que se caen; me cuesta articular una frase con coherencia y cohesión, hablo mucho más lento que de costumbre.
Por otro lado, los síntomas de una baja en la presión arterial (diciendo esto, me siento un médico en una publicidad de un yogurt del que, para mostrar autenticidad, muestran la matrícula profesional, como si uno fuera a tomarse el trabajo de buscarla y comprobar). Decía que cuando me baja la presión, siento un hambre atroz: la boca se me hace agua, y tengo una necesidad imperiosa de comer cualquier cosa que tenga a la mano. Dicho de otro modo, me transformo en un ser primitivo, que solo necesita saciar su gula.
Pero lo que me pasó esa mañana, no tuvo nada que ver con lo que acabo de describir. Los síntomas de “eso”, fueron otros. Intentaré explicarme: esta misma mañana me encontraba sentado frente a mi computadora, cuando en un momento determinado tuve esa rara sensación. Sorprendido, miré a mis compañeros de oficina para ver si ellos también la habían tenido. Nadie se sorprendió por nada. O quizá también estaban pasando por lo mismo que yo, y fingían indiferencia. Estúpidamente miré el piso, luego los apoyabrazos de mi silla y por último, la silla misma. Todo parecía estar en perfecto orden. Claro que hablar de orden en este estado mental (así quise llamarlo), era bastante inexacto.
Siguiendo el método científico, realicé algunos ensayos más, a fin de constatar que el problema era sólo mío. Salí al pasillo, miré a la gente caminar. Para mi sorpresa, todos caminaban de modo normal; o, al igual que mis compañeros de oficina, también simulaban.
En este punto, mi confusión mental aumentó, e intenté pensar que a todos les pasaban cosas extrañas (de cualquier índole), pero lo disimulaban cuando salían al pasillo, a la calle. Pero contrariamente a lo que yo creía, mi pensamiento no logró calmarme ni mucho menos. Porque vinieron otros pensamientos laterales arremetiendo con una ferocidad inusitada, que hicieron más amarga y solitaria mi tragedia silenciosa.
Primero, como dije, sucedió sentado en mi silla, y del lado derecho. La sensación era como de caída. Es decir, parecía existir algún desnivel en el terreno, que me hacía sentir que de un momento a otro me caería de costado. Algo así como una especie de barranca. Eso es. Tenía una barranca a la derecha.
Todo ese flanco respondía a las leyes físicas de la gravedad, como si realmente existiera ese desnivel: el brazo luchaba por caer y se hacía más pesado. La pierna buscaba ese abismo, al igual que el hombro y la oreja. Hice una observación de mi postura, y me di cuenta que toda ella respondía a la barranca derecha. Incluso los músculos estaban tensos y hacían fuerza para no caer. En ese momento, entré en una desesperación sigilosa, nadie debía darse cuenta de lo que me pasaba.
No podía comprender como mi cuerpo se comportara de ese modo casi irrespetuoso, haciendo caso omiso a leyes naturales y a las órdenes de mi cerebro que creía tener en claro que nada (excepto yo mismo, claro) estaba fuera de su lugar. Me preguntaba si mi mente se había desconectado de todos los demás órganos, y cada cual actuaba como quería.
Pero eso fue sólo el comienzo: en un intento por quitarme esa extraña sensación, decidí pararme e ir al baño, lavarme la cara y buscar en el espejo esa cara que me era familiar. Para mi sorpresa, apenas empecé a caminar, sentí que me iba sobre mi costado, respondiendo así a la barranca derecha. Debo aclarar que fue solo la sensación (al igual que lo que había sucedido en mi silla), porque sin realizar esfuerzo alguno podía caminar en línea recta.
Pero esto no fue lo único que sucedió. En mi caminata hacia el baño, otras fuerzas operaron sobre mí. Algo empezó a tirar hacia arriba del lado izquierdo de mi cabeza, y otra cosa presionaba para que el lado derecho no se levantara. La consecuencia fue un efecto de deslizamiento entre las partes mencionadas. Las piernas ya no estaban a la misma altura, al igual que los brazos, las orejas, los ojos y las dos partes del cerebro. En ese momento, sentí una angustia profundísima; estaba apabullado, confundido. Mi cabeza era una locomotora sin control que chocaría en cualquier momento con casas, con personas inocentes y ajenas a mis sensaciones.
Finalmente, alcancé el espejo del baño. Tuve un extraño momento de tranquilidad al ver mi cara como la recordaba.
En los pasos de regreso a mi silla (aquella en la que había comenzado todo), las cosas seguían ahí; de todos modos, intenté no pensar en las fuerzas que obraban sobre mí para deshacerme en dos partes iguales, ni en mi barranca derecha.
Al sentarme, tuve otra inesperada sorpresa: la barranca había cambiado. Era una barranca izquierda, y todo volvía a repetirse.
Estaba mareado, confundido. La angustia me había invadido y mis compañeros comenzaron a mirarme con unos ojos extraños. Estaba desvariando.
Ésos fueron mis últimos momentos de cordura. Alguna vez alguien me dijo que la línea que separa la locura de la razón, es muy fina. En momentos como éste, en que mi estado, cual oasis en el desierto, me permite reflexionar y compartir mis pensamientos, puedo decir que es verdad: la línea es demasiado fina.
Nunca se sabe cuando aparecerán las barrancas que lo atraigan a uno hacia la locura, ni las fuerzas que pretendan desmembrar los últimos resquicios de sensatez.
Ahora releo mi relato antes de volver a mi pequeño mundo de desvaríos. Y creo que el chiste del médico en la publicidad estuvo demás.
26/1/10
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Muy bueno este Pablo... Mi favorito hasta ahora je je. Se parece mucho a lo que se siente cuando uno tiene sueño, sí sí... También puede compararse a estar borracho o a sentirse dentro de un lavarropas.
ResponderBorrarNo sentís además que el cerebro se va apagando, como si fuera un televisor? De esos que pierden la imagen de a poco hasta que sólo queda un puntito.
Bueno, sólo algunas cosas que se me ocurrieron mientras lo leía.
Que sigas bien!
PD: que razón que tenés con lo del yogurt.
Estimada Jules, gracias por las siempre vigentes analogías.
ResponderBorrarPor otra parte, no puedo decirte si se siente parecido a estar borracho, ya que no sé de qué se trata eso (?) pero sí puedo afirmar que la sensación es la misma que estar dentro de un lavarropas. O como un televisor que se apaga. O peor: estar dentro de un televisor que se apaga. Ay ay ay.
Un abrazo
P
parecido a lo que sintió el vizconde de mediado justo antes de ser dos. pobre de tú vos derecho malvado!
ResponderBorrarespero mas publicaciones
saludos
genial!
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